COLUMNA DE OPINION
Por: Miguel Ángel Cortez
Jiménez
Ica, 02 de setiembre del
2026
La política local en el Perú nos ha
acostumbrado a espectáculos de toda índole, pero el panorama actual en el
distrito de Grocio Prado supera los límites de la coherencia elemental. El caso
de la Institución Educativa Melchorita Saravia, un plantel que alberga a más de
1,700 estudiantes hacinados en módulos prefabricados y expuestos al abandono
estatal, ha dejado de ser únicamente una tragedia de gestión pública para
convertirse en el epicentro de un vergonzoso doble discurso familiar y
electoral.
Por un lado, el alcalde distrital, Víctor Hugo Pachas Morán, ensaya un
discurso de aparente realismo y pide públicamente "que no se engañe al pueblo" con falsas promesas sobre la
reconstrucción del colegio. Lo que en teoría simula ser un acto de honestidad
institucional, en la práctica no es más que la claudicación de su gestión y el
lavado de manos frente a la incapacidad técnica y el entrampamiento burocrático
del Gobierno Regional de Ica, que con presupuestos asignados ha sido incapaz de
levantar un solo ladrillo.
Sin embargo, la indignación
ciudadana estalla cuando, a pocos metros de distancia y en la misma mesa
familiar, su esposa y candidata a sucederlo en el sillón municipal, Miriam
Tasayco, contradice de raíz la prudencia del burgomaestre. Con la ligereza propia
de las campañas electorales, asegura con vehemencia que ella sí reconstruirá el
colegio Melchorita si el voto popular la favorece.
¿A qué juego político se enfrenta el
ciudadano de Grocio Prado? Estamos ante una flagrante contradicción discursiva
que insulta la inteligencia del electorado. Si el proyecto está entrampado,
desfinanciado y carece de viabilidad técnica real en el corto plazo —como bien
sabe y pregona el actual alcalde—, ¿bajo
qué sustento legal, financiero o ético su cónyuge promete ejecutarlo?
Esta flagrante disonancia revela una
de dos opciones, y ambas son deplorables: o
estamos ante una absoluta falta de cohesión y desconocimiento técnico dentro
del propio entorno municipal, o asistimos a una fríamente calculada estrategia
del "policía bueno y el policía malo", donde el actual alcalde
absorbe el costo político del fracaso para que la candidata oficialista se
presente como la salvadora mesiánica del distrito.
Jugar con las expectativas de la
educación de miles de niños y jóvenes no solo es irresponsable; es moralmente
inaceptable. El colegio Melchorita Saravia no puede seguir siendo utilizado
como el botín político de un clan familiar que busca perpetuarse en el poder
alternando discursos según sople el viento de las encuestas. Grocio Prado no
necesita mesías con promesas vacías ni autoridades resignadas a la inacción;
exige explicaciones técnicas, transparencia presupuestal y una fiscalización
implacable que ponga fin, de una vez por todas, a la escuela de la demagogia.
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